¿Dónde
vas tan solitario señor
con
tus brazos maniatados?
¿Es
que no hay nadie, por amor
que
suba a desatarte?
¿O es que seguimos apretando
cada
día aún más fuerte?
¿Por
qué miras de soslayo?
¿Es
que esperas otra traición?
O es que de tantas traiciones
y
aún siendo el redentor
sientes
pena por nosotros
que
te producimos dolor.
Iluminado
señor cautivo
con
la tenue luz de los faroles
y
el fino aroma de tus flores
proclamas
ser el Hijo de Dios vivo
y
Sanlúcar te da calor
con
la llama de sus corazones.
Y ya
estás en tu casa, Señor
en
tu barrio y en tu calle
y
cuando llegues al final
y
la cera blanca se apague
un
año más esperaremos
para
verte en la calle.
Tras
el lento paso de Jesús
una
nube blanca de luz
se
asoma de entre las flores,
que
para su manto de tisú
eligió
entre los colores:
el
blanco de la pureza,
el
blanco de la amistad,
el
blanco sin pecado,
ese
blanco de Paz.
Esa
sonrisa de reír llorando
esa
mecida sublime y clara,
esa
pena de llorar riendo,
ese
contemplar paciente,
esa
paz que refleja tu cara.
¡Costalero
un poquito más “miarma”!
¡Que
ya estamos en la puerta!
¡Silencio,
una saeta!
¿Es Pablito el que la canta?
¡A
tierra “tos por igual”!,
¡Menos
paso quiero!
¡Que
no se mueva un varal!,
Que
ese vendaval de luz clara
ya
se apaga entre los quicios,
y
se hace la paz blanca
al
lado del monte de lirios.

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